Cuando me adentré en la boca del metro de aquella ciudad, cuyo nombre el tiempo ha borrado de mi cabeza, no pensé que sería la última vez que vería la luz del día. Ella me agarraba de la cintura al igual que una sirena en celo perdida en el océano. Luego, ya no recuerdo nada más. La oscuridad se apoderó de nosotros y ninguno de los dos supimos terminar con aquel desasosiego que arrastrábamos. Las escaleras cada vez eran más empinadas y la estación número uno era angosta y fría. Como dos autómatas nos dirigimos entre la desidia de nuestros quejidos hasta el origen de los túneles. Aquél era nuestro destino, el que nosotros habíamos buscado, y ahora estábamos decididos a afrontarlo. De repente, las entrañas de una gran grieta ubicada en el muro más septentrional de la estación, emitieron un ruido ensordecedor y desconsolado. Nos acercamos a ella. Tenía forma de espiral y de su interior brotaba un río de sangre. Nos arrodillamos, y en un acto descontrolado de pasión nos arrancamos los ojos ante el gemido vulgar de aquella herida que se alimentaba de la incertidumbre del ser humano. El espejo que aguardaba ansiosamente la llegada del próximo tren nos empujó a la vía escarpada donde el reflejo se fundió con la sombra. Un sonido procedente del intestino grueso de la galería nos generó un espasmo que recorrió nuestros cuerpos como una corriente eléctrica. Estábamos delante de lo inesperado, de la costumbre, de la desolación, de las tradiciones incuestionables, y ahora era el momento de que pagásemos por ello. La deuda pendiente que habíamos acumulado durante nuestra relación. Fue entonces cuando, sin ojos, predijimos nuestro final, nuestra ruptura que nunca quisimos aceptar y sólo cuando la sangre brotó como una fuente rabiosa de nuestras cavidades oculares, nos sentimos vivos mientras nuestra respiración se sincronizó con el silbato del tren que nos sumió en la cueva de los lamentos perdidos para siempre.
domingo, 19 de abril de 2009
La grieta
Cuando me adentré en la boca del metro de aquella ciudad, cuyo nombre el tiempo ha borrado de mi cabeza, no pensé que sería la última vez que vería la luz del día. Ella me agarraba de la cintura al igual que una sirena en celo perdida en el océano. Luego, ya no recuerdo nada más. La oscuridad se apoderó de nosotros y ninguno de los dos supimos terminar con aquel desasosiego que arrastrábamos. Las escaleras cada vez eran más empinadas y la estación número uno era angosta y fría. Como dos autómatas nos dirigimos entre la desidia de nuestros quejidos hasta el origen de los túneles. Aquél era nuestro destino, el que nosotros habíamos buscado, y ahora estábamos decididos a afrontarlo. De repente, las entrañas de una gran grieta ubicada en el muro más septentrional de la estación, emitieron un ruido ensordecedor y desconsolado. Nos acercamos a ella. Tenía forma de espiral y de su interior brotaba un río de sangre. Nos arrodillamos, y en un acto descontrolado de pasión nos arrancamos los ojos ante el gemido vulgar de aquella herida que se alimentaba de la incertidumbre del ser humano. El espejo que aguardaba ansiosamente la llegada del próximo tren nos empujó a la vía escarpada donde el reflejo se fundió con la sombra. Un sonido procedente del intestino grueso de la galería nos generó un espasmo que recorrió nuestros cuerpos como una corriente eléctrica. Estábamos delante de lo inesperado, de la costumbre, de la desolación, de las tradiciones incuestionables, y ahora era el momento de que pagásemos por ello. La deuda pendiente que habíamos acumulado durante nuestra relación. Fue entonces cuando, sin ojos, predijimos nuestro final, nuestra ruptura que nunca quisimos aceptar y sólo cuando la sangre brotó como una fuente rabiosa de nuestras cavidades oculares, nos sentimos vivos mientras nuestra respiración se sincronizó con el silbato del tren que nos sumió en la cueva de los lamentos perdidos para siempre.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario