Cuando el retroceso de aquel beso me mandó de un impulso al otro lado de la habitación supe que no era un beso más, un beso cualquiera de esos que te dejan impasible como si nada hubiese pasado. Sin sentimiento ni recuerdo temporal.
Aquella acción apasionada y sin mesura, y que después de sopesarlo concienzudamente decidí denominarla el retroceso de un beso, buscando la similitud que el proyectil novel de un arma le provoca a alguien inexperto la primera vez que la dispara, me hizo reflexionar sobre mi propia existencia y sobre las personas que de una forma u otra habían interactuado en mi vida.
No puedo decir que fuese principiante en esas lindes. No en la de las armas, que hasta el momento no había cogido ninguna a no ser las pistolas de agua que durante la infancia en mi ciudad natal utilizábamos para mojarnos o mejor dicho para calarnos hasta los huesos en el recinto de la piscina donde mi hermana y yo acudíamos todos los veranos, sino en la de los labios carnosos que se conjugan en un beso.
Había besado en más de una ocasión y a diferentes mujeres a lo largo de mi vida. Altas, bajas, morenas, rubias, pelirrojas… Una infinidad de formas y colores. Pero hasta entonces ningún beso me había lanzado hasta el otro lado de la habitación.
Yacía en el suelo y, mientras observaba la alfombra vanguardista que me arropaba, la miraba inmóvil y me perdía en la profundidad de sus ojos color miel. Su boca emanaba el humo que se conectaba con mi boca a través de una estrecha línea sinusoidal que engendraba a la habitación de un hotel postmoderno ubicado en el centro de San Francisco.
Ella estaba desnuda y su cuerpo se integraba más allá de la pared empapelada donde un facsímile de la Marilyn de Warhol sobre un fondo rosa nos abrazaba con cautela; fue en ese preciso momento cuando pensé en las relaciones que mis labios habían acumulado y en la razón de por qué ninguna me había llenado hasta tal punto de perder el conocimiento.
Se acercó a mí, rodeada de un halo de niebla, y me tendió su mano mientras con un guiño me incitaba a levantarme de un salto del suelo. Las piernas me pesaban y no fui capaz de afrontar la recta final que me llevase de nuevo a su boca todavía humeante. Allí, donde los sentimientos emanaban de la fuente de la desesperación, la perspectiva de la vida era totalmente diferente y no podía más que mantenerme inmóvil ante la certeza de que la situación que estaba viviendo no era más que el reflejo en el espejo de mi propio ser.
Me logré levantar y fue entonces cuando sucedió. Sabía que la había echado de menos tanto como a mi vida y que mis constantes negativas de verla de nuevo me habían cegado en la más profunda oscuridad. Pero era ella, no había duda de ello. Había venido a buscarme y desde aquella posición infernal la veía acercarse a mí con su hábito desnudo y tenebroso. Era ella. La muerte me acechaba desde lo más inhóspito de mis entrañas. Me arrodillé, le supliqué que me llevase con ella y que me besase de nuevo con sus labios esqueléticos y repletos de halitosis. Ese aroma tan familiar de la muerte es el que mi corazón podrido de latir no había sido capaz de soportar en el recinto solitario donde llevaba inmerso desde hacía mucho tiempo.
El encuentro esperado me provocó el recuerdo inexistente y no conseguí plasmar con exactitud cómo había llegado hasta allí y si esa vivencia era un sueño o una realidad. De todos modos, ya estaba muerto y respiraba como un niño recién engendrado en el útero materno aguardando a que su madre le besara al otro lado del espejo de la vida incipiente.
Aquella acción apasionada y sin mesura, y que después de sopesarlo concienzudamente decidí denominarla el retroceso de un beso, buscando la similitud que el proyectil novel de un arma le provoca a alguien inexperto la primera vez que la dispara, me hizo reflexionar sobre mi propia existencia y sobre las personas que de una forma u otra habían interactuado en mi vida.
No puedo decir que fuese principiante en esas lindes. No en la de las armas, que hasta el momento no había cogido ninguna a no ser las pistolas de agua que durante la infancia en mi ciudad natal utilizábamos para mojarnos o mejor dicho para calarnos hasta los huesos en el recinto de la piscina donde mi hermana y yo acudíamos todos los veranos, sino en la de los labios carnosos que se conjugan en un beso.
Había besado en más de una ocasión y a diferentes mujeres a lo largo de mi vida. Altas, bajas, morenas, rubias, pelirrojas… Una infinidad de formas y colores. Pero hasta entonces ningún beso me había lanzado hasta el otro lado de la habitación.
Yacía en el suelo y, mientras observaba la alfombra vanguardista que me arropaba, la miraba inmóvil y me perdía en la profundidad de sus ojos color miel. Su boca emanaba el humo que se conectaba con mi boca a través de una estrecha línea sinusoidal que engendraba a la habitación de un hotel postmoderno ubicado en el centro de San Francisco.
Ella estaba desnuda y su cuerpo se integraba más allá de la pared empapelada donde un facsímile de la Marilyn de Warhol sobre un fondo rosa nos abrazaba con cautela; fue en ese preciso momento cuando pensé en las relaciones que mis labios habían acumulado y en la razón de por qué ninguna me había llenado hasta tal punto de perder el conocimiento.
Se acercó a mí, rodeada de un halo de niebla, y me tendió su mano mientras con un guiño me incitaba a levantarme de un salto del suelo. Las piernas me pesaban y no fui capaz de afrontar la recta final que me llevase de nuevo a su boca todavía humeante. Allí, donde los sentimientos emanaban de la fuente de la desesperación, la perspectiva de la vida era totalmente diferente y no podía más que mantenerme inmóvil ante la certeza de que la situación que estaba viviendo no era más que el reflejo en el espejo de mi propio ser.
Me logré levantar y fue entonces cuando sucedió. Sabía que la había echado de menos tanto como a mi vida y que mis constantes negativas de verla de nuevo me habían cegado en la más profunda oscuridad. Pero era ella, no había duda de ello. Había venido a buscarme y desde aquella posición infernal la veía acercarse a mí con su hábito desnudo y tenebroso. Era ella. La muerte me acechaba desde lo más inhóspito de mis entrañas. Me arrodillé, le supliqué que me llevase con ella y que me besase de nuevo con sus labios esqueléticos y repletos de halitosis. Ese aroma tan familiar de la muerte es el que mi corazón podrido de latir no había sido capaz de soportar en el recinto solitario donde llevaba inmerso desde hacía mucho tiempo.
El encuentro esperado me provocó el recuerdo inexistente y no conseguí plasmar con exactitud cómo había llegado hasta allí y si esa vivencia era un sueño o una realidad. De todos modos, ya estaba muerto y respiraba como un niño recién engendrado en el útero materno aguardando a que su madre le besara al otro lado del espejo de la vida incipiente.
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