TE ESPERARÉ DESPIERTO
La aureola del amanecer danza
al son de la nana de tu laringe
y tu sombra emerge tras las dunas
repleta de dudas, atemorizada,
angustiada por el miedo.
El volcán en erupción de tus estomas
devasta la ladera de mis párpados
con su lava pura e incandescente
más allá de la incertidumbre del tiempo.
Te busqué entre las sirenas agostadas
que residen en la profundidad oceánica,
inmerso en la brisa de la estepa salada
y sin motivo y sin razón,
te amé.
El lamento acuoso de mi espina dorsal
sobrevuela las ondas de tu ombligo.
Se detiene sobre las astillas de madera
que tu féretro putrefacto e invernal
ha arrojado sobre el estío descuidado
de mi ardor somnoliento,
huracán inesperado y devastador
de los recuerdos más osados,
apasionado en la causa del olvido
ensangrentado de mi arteria aorta
que se abrasa en tus abrazos.
Y ahora que no te busco
la luz de la lápida desprotegida,
esencia de tu frialdad abrupta,
ilumina a mi ser desamparado
entre el jardín de rosas marchitas
a las puertas del nicho exhumado.
Ahora que te sonrío,
navegamos sin rumbo hacia la isla
cautiva del espíritu encarcelado
que miente cuando te mira.
Algún día me querrás
y aunque no te espero
te esperaré despierto.
REMINISCENCIA
Ingiero la pócima desnuda
de tu perfume ensangrentado,
antesala de tu sombra oculta,
y es entonces,
cuando el alba me sorprende
indefenso ante el desequilibrio,
y me sumerjo como un pez dormido
entre las cenizas de tu llanto,
más allá de la cordillera abrupta,
cúspide de tu espina dorsal.
¡Luz!
Me he despertado entre los cirros
de un letargo ancestral e insonoro,
donde las fauces de los truenos
son los labios que perfilan tu boca,
y al besarte,
mi vientre ha aullado a septentrión,
espacio inhabitado por tu belleza.
Cierro los ojos y te miro en silencio,
deshago la nieve de mis pestañas
e inspiro la sal sin lastre en el puerto
como nunca antes pude hacerlo.
Tu voz emana de la oscuridad,
te escucho, cautivo de los susurros
de las raíces del bosque petrificado
que me abriga bajo su aureola
cadavérica de hojarasca marchita.
El sonido de tus pasos retumba
como un eco frente al acantilado
al son de las vísceras del yelmo
de mi corazón acorazado.
Cabalgo sin montura ni caballo,
al compás del pentagrama inocuo,
ritmo aterciopelado de la muerte,
y te busco entre el arrabal de los siglos,
camino angosto y encharcado,
donde tu paciencia espera
y se desespera ante la profundidad
del panteón oxidado junto al palomar.
Me pierdo como un niño extraviado
en el desierto de la esperanza,
ilusiones de un oasis imaginario,
abismo de lava incandescente
que engendra el volcán de tu pasado.
Escorpión alado,
¡contágiame de tu veneno!
Y cuando tu recuerdo emerge
como el trigo todavía incipiente
de los campos en barbecho,
me desprendo de la armadura
que me ahoga entre sus lamentos,
y lucho, como una virgen en celo
contra el molino de viento amargo,
y al enfrentarme a él, sin escudo,
vivo de mi locura,
me enredo entre tus aspas,
y el hedor de las rosas infectas
me asfixia en el vago intento
de recordarte.
ESQUELA
Ayer,
leí mi nombre
en el periódico local.
Anunciaba mi muerte.
¡Qué curioso!
Ya estoy muerto.
Noticia atrasada,
epílogo en blanco.
La tinta conmovida
es el llanto ensangrentado
de este niño recién nacido.
Alegría allegada,
cuna espaciosa,
urna angosta,
réquiem bautismal.
domingo, 19 de abril de 2009
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